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Crónica de un viaje a Nicolás Romero

 Era 1997 o 1998.

En ese entonces vivía en la Ciudad de México (DF). Había ido a estudiar un posgrado a la unam y una prima y su familia me habían dado hospedaje ya que su casa era muy grande. Mi prima era algunos años mayor y ella junto con su esposo gustaban mucho de las fiestas, a veces las hacían en su casa y otras asistían a las que hacían sus amigos.  

En cierta ocasión, fueron invitados a una fiesta al Estadio de México. El viaje era como de una hora, y como a veces ellos podían excederse en la bebida, me invitaron, sobre todo para conducir en el viaje de regreso. Así que un sábado a media tarde salimos con rumbo a Nicolás Romero, un municipio al norte de la Cdmx, siguiendo la ruta del famoso Periférico.




Ellos se dedicaban a la construcción, arquitectos los dos. Y esa ocasión habían sido invitados por uno de sus trabajadores a una fiesta de quince años. Nicolás Romero, así como varios de los municipios alrededor de la Cdmx, son de los llamados dormitorios del país. Es decir, donde la mayor parte de la gente son gente que trabaja todo el día, en trabajos poco remunerados, y solo van a dormir a su casa, para salir nuevamente muy temprano al siguiente día. Y uno de esos trabajos, es el de albañil. Así que la colonia a la que llegamos era un barrio muy pobre en medio de lomas polvorientas, y casas grises, solo block sin pintura ni recubrimiento.

La gente invitada en su mayoría eran vecinos, familias de recursos escasos pero que como suele ocurrir en esas fiestas, sus risas y su alegría contrastaban con su pobreza y sus limitaciones. Aunada a esta alegría, también estaba su gran generosidad. Fuimos bien atendidos. Comimos bastante y la bebida también era abundante.

Terminamos de comer y ya caída la noche, comenzó el baile. La gente se veía muy feliz, desde algunos adolescentes que acompañaban a la quinceañera hasta algunos adultos mayores. El licor y la música animaban la fiesta. Mi prima y su esposo de vez en cuando también se paraban y bailaban junto a otras parejas en medio de esa modesta pista. Alrededor, varios espectadores, yo entre ellos, observábamos, escuchábamos, cada uno con sus propios pensamientos, testigos de ese gran contraste, pobreza y alegría. Esa impactante realidad en la mayor parte del país en la que una fiesta por bautizo, primera comunión, quince años, boda o incluso, un sepelio, pueden ser como una especie de oasis para tener un breve descanso, en medio de esa rutina de viajar dos o tres horas al trabajo, trabajar ocho o diez horas y luego regresar otra vez en autobús o metro dos o tres horas más. Dormir un rato y volver a lo mismo.

Mientras pensaba yo en estas cosas, y con una pepsi a medio consumir, se comenzó a escuchar una canción, una especie de cumbia que sonaba mucho en aquellos años, y tanto, que la repitieron como dos veces más.

Cerca de la medianoche, venía conduciendo de regreso a la casa de mis primos. Ellos venían durmiendo. Y mientras yo disfrutaba de un Periférico semivacío, pensaba en lo que había visto, en lo que había escuchado y en ese entonces, así como ahora, más ahora quizá, me doy cuenta que se puede recordar una fiesta con tristeza, que se pueden recordar rostros felices, un baile y al mismo tiempo sentir cierto dolor, cierta incomodidad, de los millones de personas que viven con lo mínimo y aún así, tener unas pocas horas para ser felices y ser generosos.

O tal vez, equivocadamente, uno pretende ganar lo suficiente para no tener que trabajar ocho o doce hrs, sino cuatro y descansar o disfrutar veinte, cuando que en realidad esa vida de los que menos tienen se sobrelleva porque administran su felicidad y cuando en medio de una semana larga de trabajo, tienen una fiesta de unas pocas horas, eso les rinde para volver a la rutina.

Tal vez ellos no esperan que uno tenga lástima por sus largas jornadas de trabajo y unas pocas horas de fiesta, más bien, esperan que cada uno aprenda a disfrutar de lo que tiene, trabajo y diversión, sin mirar si el otro tiene más o menos. Aceptar lo que se tiene, tal cual. 

Aclaro, para terminar, que esto no es una apología de la pobreza, la cual ha sido el producto de una gran injusticia, y debe combatirse de manera que así como la migración, sea pobre el que decida serlo, pero no por falta de oportunidades.

Quizá por eso una canción tan triste como Los caminos de la vida, hasta se puede bailar, como se bailó varias veces aquella noche. 







 




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