Mi padre, el cine y los autos

 Era de noche.

Una camioneta tipo pick up bajaba por un camino de terracería hacia un pueblo en el centro del Edo. de Veracruz, hace muchos años. La conducía un hombre de unos cuarenta años y bastante ebrio. El camino bordeaba la ladera de una cañada ancha, donde en el fondo corría un caudaloso río, y a un lado se asentaba un pueblo, Apazapan, de donde era este hombre. Si bien, el camino no era muy estrecho, solo era de un carril. Apenas comenzaba a bajar, y por alguna razón se le ocurrió regresar, sin que su nublada mente le dijera que iba en una bajada en un camino estrecho. Quiso dar vuelta en u, y en la riesgosa maniobra, fueron unas grandes rocas a la orilla del camino y del precipicio las que detuvieron la camioneta, hasta que unos hombres pasaron por ahí en otro carro. Lo reconocieron y los rescataron. Al hombre y al niño pequeño, que no pasaba de diez años, y que seguro lloraba invadido por el miedo.

Fueron varias veces las que ese niño tuvo que presenciar las borracheras de su padre, aunque esa fue tal vez la única en que corrió peligro realmente. En otras ocasiones fue su madre la que tuvo que lidiar con él para calmarlo. No es que fuera violento, pero sí era necio.

Ellos vivían en la ciudad, pero casi cada fin de semana, iban al pueblo donde vivían los abuelos, y cuando en la tarde regresaban del campo, ese niño prefería irse a jugar con sus amigos y olvidarse de que su padre se emborracharía si había algún festejo. Para su mala suerte, en más de una ocasión su tía o su abuela iban a buscarlo donde estuviera con sus amigos, para que él, siendo el hijo, fuera por su padre a la cantina o donde estuviera, ya que, pensaban ellas, era la mejor forma de chantaje. Años después, ese niño entendió que esos fines de semana de ir al pueblo, muchas veces sintiéndose obligado (varias veces pidió quedarse), no tenían la misión de que viera a sus abuelos o a su tía ni que aprendiera a cultivar la tierra o criar ganado, sino ser el freno de mano de su padre. Entendió que la gente usa a las personas por cualquier razón.


No son pocos los recuerdos que tengo de mi padre, algunos desagradables como los ya descritos.  


Y sin embargo, hubo también buenos momentos.


Hace unos días escuchaba el tema de una película de los 60's, Charada, con una hermosa Audrey Herpburn y el galán de ese tiempo, Gary Grant. No me acuerdo si me llevó a ver esa película, pero sí recuerdo que solía silbar esa tonada. Recuerdo que vimos la película Licencia para matar con Clint Eastwood. Fue la primera vez que vi senos femeninos en pantalla grande, fue una escena breve y única pero la tengo grabada en mi memoria hasta hoy, cuarenta años después. También fue mi padre quien hizo aficionarme a las series de detectives. En ese tiempo, había dos series de moda, Kojak y las Calles de San Francisco. Sobre todo la primera, es de la que más hablaba, el protagonista era un actor de origen griego, Telly Savalas, calvo, de gran personalidad y muy bromista. Solía comer paletas tutsi pop. Y quien sabe si a consecuencia del origen de este actor, fue que a mi padre le gustó tanto la película Zorba el Griego, con Anthony Queen, y por supuesto, el tema de esa película, que también he buscado y recordado los últimos días.

Música y cine, ahora que lo pienso. Quizá fue su herencia, que algo que aprecie tanto del cine, sea la música.



No fue, sin embargo, la única afición que heredé. Ayer que comenzó la nueva temporada de Fórmula 1 2021, me acordé que esa es otra afición que tengo y que vino de mi padre, los autos. Me acuerdo que en un año de los setentas, debió ser 1978 o 1979, me regaló un póster de los corredores de ese tiempo, Nikki Lauda, Nigel Mansell, Emerson Fitipaldi. Recuerdo vivamente hablar de ellos. El accidente de Lauda, los triunfos, los autos.

Me acuerdo todo el evento que fue que en 1982, hubiera podido sacar una camioneta pick up nueva, de agencia. En ella aprendí a conducir, aunque me parece que la camioneta anterior, una chevrolet, me gustaba más, era azul oscuro.



Hubo buenos momentos, entre todos ellos, recuerdo ver reír a mi padre y madre, juntos, de esos pedazos de felicidad que uno no quisiera que acabaran y que fuera de ellos, un niño no podía ver los problemas que había detrás.

Mi padre se fue de la casa cuando yo tenía más o menos quince años, pero no hay espacio para la queja ni el reclamo. No hay odio ni rencor. No hay deseos de venganza.


Hizo lo que pudo con lo que tenía a la mano y tomó las decisiones que pudo tomar, hayan sido correctas o equivocadas.

Hoy llevo una vida más o menos tranquila. Me doy cuenta que a pesar de esos momentos difíciles que viví, y a pesar de muchas equivocaciones que yo haya cometido, no hay una en la que yo haya dañado a alguien por mi borrachera. No hay alguien que yo haya golpeado porque la vida me trató mal. No hay alguien con quien yo me haya vengado porque mis padres no me cuidaron.

Hoy soy un simple profesor, que intenta hacer bien su trabajo. Un profesor que frecuentemente también recuerda que sus padres, los dos maestros también, salían siempre corriendo para llegar a tiempo, por ese gran sentido de la responsabilidad que tenían. Quizá, en ese sentido, hasta yo les quede debiendo a ellos.

Como sea, intento hacerlo bien. Y con gratitud, hoy, cada vez que escucho el tema de la película Charada o la de Zorba el Griego, o veo las carreras de Fórmula 1, recuerdo a mi padre, y me doy cuenta que no pude tener uno mejor.








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