Dar un regalo



"Hoy me vino la gana, que no las musas
Hoy no tengo pretextos ni disculpas
Para cantarte a ti
Para escribirte un verso y descolgarte desde aquí
Hasta las ganas de la mañana, ya por venir"

Alejandro Filio




Me acuerdo que la primera vez que le regalé algo a una mujer fue siendo adolescente.

Desde ese tiempo hasta hoy, siempre ha sido un gusto. Pensar lo que le podría gustar a ella, y desde ese momento uno tiene que imaginarla con esa ropa, esos aretes o ese perfume.

Un regalo puede ser una forma de pedir algo a cambio, puede ser un chantaje, puede ser una forma de pedir perdón, una forma de comprar cariño o atención.

Me parece que nunca hice un regalo por alguna de estas razones.

Lo que compré, siempre fue con la idea de que le gustara, de que le fuera útil.

Una cosa es la intención y otra los resultados, y sé que muchas veces me equivoqué o en el color, en la talla, en sus gustos. No dudo que muchos de esos regalos nunca los usaron o fueron regalados o desechados. Son los riesgos.

Con todo, haya acertado al menos una vez y hayan sido muchas las veces que no se acerté, en todas el regalo fue otra forma de amar, de agradecer, de abrazar. Y le haya gustado o no el regalo a ella, siempre sentí que le dio valor a esa acción, pues fui recompensado de una u otra forma.

Finalmente, agrego que hasta ahora, nunca he dado un regalo si no ha sido porque una mujer ya antes me había regalado algo: su tiempo, su atención, una sonrisa o un abrazo.


Cualquier cosa que he regalado siempre ha sido una respuesta a quien en algún momento me hizo creer que yo era importante para ella, haya sido una eternidad contenida en un rato que pudo durar un minuto, una hora, un día, una semana, un mes o un año.

Si por cada regalo que he dado, puedo contar los ratos valiosos que me han dado las mujeres que he conocido, en realidad ya he vivido varias eternidades.

Sea este escrito un regalo para ellas, por su generosidad, por su tiempo y por su espacio. A las que les regalé algo, a las que me conocieron, a aquellas con las que tuve alguna conversación, pero también a aquellas con las nunca crucé palabra, que nunca supieron de mi existencia y que sin embargo, vi un instante en la calle, en el avión, en la estación de un tren, y me gustaron.

A todas ellas, gracias, porque antes que yo pensara en darles algo, ya me habían dado algo a mí, y ese algo me permite seguir vivo, seguir cuerdo...o loco, que da lo mismo.


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