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La película de un beso

Siempre me ha gustado el cine.

Tengo memoria de haber visto alguna película desde los diez años.


Me acuerdo que estando en la secundaria, de vez en cuando íbamos a las casas de amigos. Cierto día fuimos a la casa del amigo de un amigo, era compañero de la secundaria, pero estaba en otro grado. Vivía en un barrio campestre a las afueras de Xalapa llamado Coapexpan. Bonito lugar. Su padre era un cinéfilo consumado y vimos algunas películas mudas en un proyector tradicional, sí, de esos donde la película está en rollo. Me acuerdo que en esa ocasión conocí a Buster Keaton, el actor con cara de difunto, le decían algunos. En esos tiempos, lo más conocido del cine mudo o posterior era Chaplin o el Gordo y el Flaco.


Después de esa ocasión no volvimos a esa casa, sin embargo, años después cuando comencé la universidad, recordé aquél día de películas mudas.

En la carrera de Física, en ese tiempo no había muchos alumnos. El grupo era de 13 alumnos, más o menos, mitad mujeres y mitad hombres. Cada uno de nosotros era algo especial, era un grupo ecléctico. Un nerd, algunos que vivían ensimismados, el extrovertido, las matadas (tres compañeras que trabajaban en equipo y muy listas), etc. Pero de entre todos, había una compañera que a todos nos rebasaba en parecer alguien fuera de este mundo. Era muy lista y muy reservada. Cuando hablaba era como si estuviera uno escuchando a una conferencista con años de experiencia. Todo lo decía con claridad, cada palabra bien usada. No hablaba con monosílabos, si daba una opinión, generalmente era un breve ensayo acerca del tema, dando pros y contras. Casi a nadie le caía bien. Además, era muy guapa, de frente amplia, cabello negro y recogido en una perfecta cola de caballo, de piel muy blanca y muy alta. Confieso que a mí me gustaba, pero al escucharla y ver su desempeño, me veía sin oportunidad alguna. No quedaba más que admirarla.

Otra característica de ella era su forma de vestir. Siempre muy formal, a veces rayando en lo ridículo. Me acuerdo que en una ocasión fue con un vestido color rosa a la rodilla y una sombrilla del mismo color, como si fuera a un día de campo. Era muy especial y casi siempre andaba sola.

Estábamos en quinto semestre cuando en la generación que recién había entrado a la facultad estaba aquél compañero que alguna vez nos invitó a su casa a ver películas en el proyector de su padre. El caso es que con el tiempo comenzó a hacerse el aparecido en el salón durante los recesos y vimos cómo poco a poco se fue acercando a esa compañera. No pasó mucho tiempo para que iniciaran un romance.

Y si ya el grupo era un grupo de especímenes raros, la relación que inició no fue menos sui generis. Quizá hubo muchas cosas que vimos o escuchamos de esa pareja, sin embargo este escrito lo pensé porque me acordé de una imagen en particular que nos dejó esa pareja, una postal cargada de romanticismo.


Era un día cualquiera, habíamos tenido algunas clases. Y a media mañana, en uno de los recesos, como solíamos hacer, algunos compañeros y yo salimos al pasillo a distraernos mirando hacia la pequeña explanada de la facultad. Desde el tercer piso se veía perfectamente toda ella, rodeada de grandes árboles y al fondo se podía ver un andador y más allá, un pequeño lago.

Me acuerdo que en ese escenario, desde un costado apareció esta singular pareja, tomados de la mano, charlando de cualquier cosa. no había nadie más. Y de pronto, este amigo la tomó a ella por la cintura con una mano y con la otra en su espalda la inclinó hacia atrás, y en esa posición, le dio un beso de antología que ni en sus mejores sueños habrían imaginado los románticos italianos como Antonioni, Fellini o Tornattore.




Fue un beso que duró apenas unos segundos, pero fue algo extraordinario porque ellos no actuaron, no era una pose. Era una forma natural en la que ellos se comunicaban, como si eso lo hubieran hecho mil veces, y tal vez así era.

Es una imagen que sigue en mi memoria, como si lo hubiera visto ayer.

Y es un privilegio, ser un fanático del cine, haber visto escenas memorables en infinidad de películas, pero también, haber visto escenas en la realidad, que si no superan a las de ficción, sí se les parecen mucho.

Esa bella mujer se llamaba Teresa, y no la volví a ver después que salimos de la facultad.







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