Porqué a mí Señor?

(Publicado el 10/1/2009)


En ocasiones se suele pensar que las desgracias que caen sobre uno son las peores que le podrían ocurrir a alguien.

Claro que cuando uno lo cuenta, bien cuando el mal acabó o mientras ocurre, no falta quien nos diga: Te estás ahogando en un vaso de agua. Y uno suele responder: Claro, como a ti no te pasa.

Un enfermedad, una gripa que te tira por los huesos dolidos, las secreciones nasales, el dolor de cabeza.

La noticia de que no fuiste aceptado en la universidad.

La pérdida del empleo o el cambio en las actividades laborales, cuando uno ya se había acostumbrado a un horario.

Que las águilas con todo y su super equipo, han vuelto a perder.

Un niño al que se le rompe su carrito nuevo o lo mismo, un adulto al que dejó su carro estacionado y cuando regresa se lo han rayado.

Son situaciones que para quien las vive eso puede significar como si el mundo se viniera encima, como si no hubiera otra cosas más importante.

Es la naturaleza humana podríamos decir, pero, si es cierto que para otras personas que no están pasando por lo mismo, dicha situación la ven como algo que en su momento puede molestar o doler, finalmente pasará, es ahí donde está el secreto. Hacer el esfuerzo de salirse de uno mismo, y ver ese problema no como quien lo vive sino como un obsrvador.

Es curioso que cuando vemos a un amigo o familiar sufrir o padecer algo, se nos ocurren mil soluciones o palabras de aliento o simplemente nos quedamos ahí, por lo que se ofrezca.

Entonces, quizá si podemos separarnos un poco del problema que tengo y lo veo en un contexto más amplio, si lo veo como algo que le está pasando a otra gente y pienso: ¿qué le diría? ¿qué le daría como una sugerencia?, tal vez esa situación será más llevadera.

A veces creemos que pensando según la tradición cristiana que somos hijos de Dios, cuando pasa una situación difícil, decimos: ¿Porqué a mí, Señor?

Quizá caminamos a ser personas más humanas o personas que entienden las circunstancias y por consiguiente que se saben adaptar, cuando nos olvidamos de esa invulnerabilidad que equivocadamente hemos imaginado y con serenidad reconocemos: ¿Y porqué no a mí?

Los grandes egos, los grandes tiranos, muchos de ellos, incrustados en nuestra mente, se han hecho grandes porque los hemos alimentado creyendo que somos dignos o merecedores de algo o de alguien. Y nos engañamos pensando que merecemos privilegios.

Es posible que la sociedad que actualmente conformamos, tendría un poco de mejoría en su salud si dejáramos de alimentar a esos demonios internos y con humildad reconociéramos que somos igual que el vecino.

El secreto está en reconocer que no eres más ni menos que los otros, y que si muchos de esos otros se han levantado de su circunstancia y han seguido caminando, yo también puedo hacerlo...o puedo no hacerlo. Esa es la libertad y el misterio humanos.

Mientras tanto, iré a limpiarme la nariz...

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