Mi padre, mi abuelo y yo

"Aprieto firme mi mano, y hundo el arado en la tierra...
vuelan mariposas, cantan grillos, la piel se me pone negra
y el sol brilla, brilla, brilla..." 

Víctor Jara



Mi abuelo murió hace unos años, mi padre aún vive.

Mi abuelo fue campesino, aunque tuvo unas cuantas vacas, y algunos años de su vida se dedicó a la cría y ordeña de becerros. Mi padre era profesor de primaria aunque en fines de semana por muchos años compartió con mi abuelo su pasión por la tierra, el campo y el ganado.


La mayoría de los fines de semana de mi niñez y adolescencia transcurrieron en el pueblo de mis abuelos, Apazapan, un pueblo ubicado en lo hondo de un pequeño cañón, a la orilla de un río. Muchas veces había que ordeñar, regar árboles de mango, reparar las cercas, cosechar, llevar a pastar a las vacas, fumigar, desyerbar, etc. Y a veces iba con ellos, a veces me encomendaban tareas mientras ellos iban al potrero, a veces ordeñaba con mi abuelo, a veces me quedaba jugando en el río. Los domingos en la tarde volvía con mi padre a la ciudad. Muchas veces quise quedarme algún fin de semana y por alguna razón mi madre siempre me obligaba a ir.

Mi abuelo era un hombre tranquilo, hablaba poco, pero cuando hablaba se notaba su buena memoria. Era de una gran bondad y sencillez. Al mediodía, en la intensidad del calor, gustaba de tomar una siesta bajo la sombra de un árbol de mango. A veces se enojaba con mi abuela o con mi padre, quizá ese era su defecto, o el que vi. Mi padre también era un hombre tranquilo, y aunque también solía enojarse a veces, con mucho, era mucho más flexible que mi madre, menos estricto. Podría decir que heredó eso de mi abuelo. Quizá su mayor defecto fue que le gustaba tomar, ya que después de unas cuantas copas, se volvía loco. Varias veces eso ocurrió en el pueblo y ya tiempo después, me di cuenta que mi abuela y una tia usaban como estrategia que yo anduviera con él para que no se emborrachara, o bien, que fuera yo, con once años, quien lo tuviera que traer de la cantina a la casa. Y tampoco lo supe en ese momento, al fin un chamaco, pero creo que otro de sus defectos eran ciertas dificultades para ser fiel a mi madre. Tanto así que cuando yo tenía quince años, mi padre se fue de la casa porque se había enamorado de otra mujer.

Después que se fue, lo veía de vez en cuando. A veces iba a la casa, a veces lo veía en el pueblo de los abuelos.

Con los años las visitas fueron haciéndose escasas. Y cuando yo dejé la ciudad, con 25 años, prácticamente lo dejé de ver. En alguna ocasión que platicamos me habló de que quería presentarme a sus dos hijos, pero nunca consideré que eso llegara a pasar. Más bien, años después que había dejado la ciudad pensé que mi padre había tomado la decisión de irse, que él no estaba solo y por tanto, yo no tenía compromiso de buscarlo, y así ocurrió. Si acaso, mi hermana, la única de padre y madre que tengo, a veces me decía que lo había visto y que había preguntado por mí. Hasta ahí.

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Hace unas semanas platiqué con una tía política, viuda de un tío, hermano de mi madre. Me dijo que lo vio y charlaron un rato. a mitad de la conversación ella le preguntó porqué los últimos años de la vida de mi madre, ella murió hace cuatro años, ya no la visitó o aceptó tomar un café con el tío Julio, su marido. Y es que aquí debo mencionar que en los años de casados la familia de mi madre quiso mucho a mi padre, lo apreciaban y él también se sentía a gusto en las reuniones familiares, aunque el alcohol las arruinó varias veces.

A la pregunta de la tía, mi padre le respondió que lo hizo por una razón, que sentía vergüenza. Que en los últimos años se había dado cuenta que había cometido muchas tonterías, muchos errores y que le daba pena ver a la familia. Le comentó que en una ocasión vio a uno de los hermanos de mi madre en un café, uno de los tíos con el que quizá había logrado mayor amistad, y no tuvo valor para acercarse.

Cuando escuché esto, pensé que era algo muy significativo. La última impresión que tenía de mi padre era que hasta después de su muerte, había ofendido a mi madre reclamando la pensión a la que, por ley, tenía derecho, puesto que mi madre nunca pidió el divorcio. Toda la familia, incluyéndome, pero excluyendo a mi hermana, vio mal que en efecto, por ley tenía derecho, pero moralmente eso era discutible puesto que él la había abandonado. Yo compartía esa visión y si ya hace unos años había decidido no verlo, menos después de esa última acción que había realizado mi padre.

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Que mi padre, hacia el final de su vida, sienta vergüenza y si no arrepentimiento por sus errores, al menos se dé cuenta que hubo cosas que pudo hacer mejor, ha sido una gran lección.

Hasta me ha dado cierto gusto saberlo. No que sienta vergüenza, sino que se haya dado cuenta de sus errores. No importa si se tienen 80 años.


Yo no puedo decir que mi padre o mi abuelo me hayan enseñado a pelear, a defender lo que es mío, a esforzarme por lograr metas y ser exitoso. No me enseñaron a ser un cabrón, no me enseñaron a beber, nunca hablamos de mujeres, no pude preguntarle a mi padre como hablarle a una mujer.

Pero creo que de ellos heredé cierta nobleza, cierta compasión por los demás.

Con los años, a veces he caído en la tentación de pensar que haber aprendido de mi padre a ser más aventado, y menos considerado de los demás, es decir, un poco más hijo de puta, quizá, me habría ayudado a sobrellevar mejor ciertos momentos de traición, de abuso y desamor.

No fue así. No fue así...y lo agradezco.



Agradezco lo que me enseñaron, agradezco el tiempo que compartí con ellos, agradezco que la imagen que yo tenía de mi padre haya cambiado por haber sabido que se ha dado cuenta de sus errores. Agradezco que yo me dé cuenta de los que he cometido.

Eso no va a cambiar el rumbo de los acontecimientos pero sí te ayuda a entender tu historia y aceptarla.

No brindo por la navidad o el año nuevo. Son fechas que ya no tienen sentido para mí.



Hoy, 25 de diciembre, beindo por Don Alfonso y Don Edilberto, brindo por mi abuelo y brindo por mi padre...

y por lo bueno de ellos que hay en mí.



















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