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El cultivador de flores


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"Cultivo una rosa blanca
en junio como en enero
para el amigo sincero
que me da su mano franca

Y para el cruel que me arranca
el corazón con que vivo,
cardo ni ortiga cultivo;
cultivo una rosa blanca"

José Martí

A lo largo de todos estos años, los amigos verdaderos no han sido muchos. Tampoco puedo decir que haya tenido pocos amigos, más bien, he tenido suficientes y buenos amigos. Mucho de lo que soy, de lo bueno que pueda haber en mí, lo digo con certeza, no lo aprendí en mi familia, sino con algunos de esos amigos.

Hace poco recordé a uno de esos buenos amigos. Lo conocí en un grupo para jóvenes y familias, dentro de la iglesia católica. Se llamaba Luis, pero todos le decían, como se le suele decir a los luises, Güicho. Creo que era unos años mayor que yo, dos o tres, un poco más bajo que yo, pero era un atleta, más no como resultado de un gimnasio, sino por trabajar desde muy joven.

De una tremenda sencillez, en el actuar y en el hablar. Le daba por escribir a veces, y dibujar.

Puesto que al salir de las reuniones, quienes vivíamos por la misma zona, tomábamos el mismo autobús o caminábamos en la misma dirección, muchas ocasiones coincidimos en el camino y la enseñanza de la reunión o lo que cada uno vivía era tema de conversación. Llegábamos primero a su casa, y luego yo tenía que caminar unas cuadras más. En más de una ocasión, habiendo salido de la reunión a las 10pm, yo llegaba a mi casa casi a las 12 de la noche. Y es que si nos daba por conversar de mujeres, la conversación fluía de manera natural y el tiempo parecía que se acortara sobremanera. Y conversábamos ahí en la calle, en la entrada a su casa, donde iniciaba el vivero en el que trabajó los últimos años que lo vi. Era un cultivador de flores. Al menos lo fue en el tiempo que lo conocí.


En varias ocasiones hablamos de cómo nos estaba yendo en la feria. Hubo un tiempo en que a ambos no nos iba bien. En ese entonces, ambos estábamos hipnotizados por dos muchachas del coro del grupo. A él le gustaba una muchacha que iba con su hermana, y a mí me gustaba otra muchacha, que también iba con su hermana, pero no eran las mismas. Él le escribía poemas y se los dejaba en la puerta de su casa. Yo, en cambio, a esa muchacha que me gustaba, le dejaba una flor en la puerta de su casa. Hablábamos de cómo cada uno intentaba acercarse a la chica en cuestión, y así. No obstante, aunque no coincidíamos en las estrategias, sí había algo en lo que coincidíamos, y era el punto de vista respecto al "gracias" que esas muchachas decían ante esos signos que dábamos de interés por ellas.

Decía este buen amigo:

- Le escribo un poema, donde he vertido mi alma, esperando que cuando lo lea, vea que quien le escribe la quiere, y mucho...¿y qué recibo a cambio? Sólo un "gracias".

Y le escribió varios. Por mi parte, yo intentaba hacer algo parecido con la muchacha que me gustaba a mí, una güerita con un cabello rizado, largo y perfumado, y un hermoso trasero, aunque esto último estaba vetado compartirlo entre jóvenes católicos, pero, puesto que ambos conceptos: "joven" y "católico" han prescrito para mí, ahora sí lo puedo decir.

Al final, las historias fueron diferentes. Lo máximo que yo logré con la chica que me gustaba fue acompañarla a un baile, al que fue sin maquillar y con el peor de sus vestidos. Esa fue la primera vez que me di cuenta que una mujer puede evitar dar un sí, cediendo en algunas cosas y actuar sólo por "compromiso". En ese tiempo se hablaba de mí como un buen muchacho, un buen cristiano, y ella habría quedado como la villana si se atrevía a romperme el corazón diciendo un "no" rotundo. Y lo entendí. Tiempo después la dejé de buscar y sólo quedó como un recuerdo.

Sin embargo, mi estimado amigo, ese Quijote contemporáneo, al parecer tuvo éxito con sus poemas. Aunque lo dejé de ver también, ya que abandoné ese grupo, supe al cabo de un tiempo que esa muchacha a la que él había rondado por varios meses, aceptó sus pretensiones, y tiempo después se casaron. Y me dio mucho gusto, una gran alegría de saber que este casi hermano de sangre, había recibido ese regalo de la vida.

No puedo quejarme, después de estos años, que no haya mujeres que no hayan correspondido al amor que les he manifestado. Pero sí he comprobado que también las hay en todos lados, mujeres "buenas" que por una u otra razón, y aunque podrían tomar un corazón entre sus manos y comérselo o aplastarlo en el piso como una uva, prefieren la cortesía y la gratitud como recursos para capotear a quien las pretende, buscando de esa forma no lastimar, no herir a quien ha sido tan bueno con ellas.

Espero, estimado Güicho, que después de todos estos años, la vida te siga sonriendo.

Por mi parte, yo aprendí a hacer poemas y no he dejado de regalar flores. Y he seguido encontrando a mujeres de las que sólo he recibido un "gracias", pero también he encontrado a otras que han respondido, digamos, de manera distinta.

A pesar de lo anterior, no cambiaría lo que me ha tocado vivir, porque lo que tú y los demás amigos que conocí en ese tiempo me enseñaron, es lo que he intentado hacer por todos estos años, y se resume en una sola acción: amar. Con cada dama que me he encontrado y a la que he querido, he echado toda la carne al asador, la he querido sin medida, sin tiempo, sin condición. Otra cosa es el fruto que se recoge, otra cosa es la respuesta de ellas.

Como un buen cultivador de flores, me toca sembrar, regar y cuidar, pero con todo, los frutos no dependen de mí, y de todas maneras, lo seguiré haciendo, porque es lo único que sé hacer: sembrar flores.

Hasta siempre, estimado amigo.





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