La niebla



La mitad de mi niñez la recuerdo en dos lugares donde la niebla era algo cotidiano.

El pueblo de mi madre, Atzalan, donde casi todo el año había niebla, por lo menos en las mañanas, pero en invierno todo el día había niebla. Muchas veces esa niebla estaba bañada de una lluvia muy fina, la llovizna.

Eran días de guardar, de guardar el cuerpo tomando café o atole y garnachas de de Doña Serafina, las garnachas eran un platillo de dioses. Tortillas freídas en aceite y bañadas con salsa y carne de res deshebrada. Podía comerme más de cinco en una noche.



Pero si se salía a la calle, al menos a comprar las garnachas, caminar en medio de la niebla, y bañarse con la llovizna era como si esa lluvia fina no sólo mojara el rostro, sino también el alma, y fuera como agua para la hierba, le comunicaba vida. No sé porqué, pero uno se sentía bien, mojándose con la llovizna en medio de la neblina.



Y otro lugar que recuerdo cubierto de neblina, es la ciudad donde nací, Xalapa.

Recuerdo los días de invierno, y sus callejones vacíos de gente y llenos de niebla y de melancolía y de belleza. Era común salir en la noche y caminar en medio de la niebla para llegar a comer churros y chocolate en alguno de los lugares del centro.

Y la neblina cuasi eterna en la cara oriental del Cerro de Macuiltépetl, a donde se puede ir a hacer ejercicio en las mañanas y se puede encontrar con una zona despejada y la otra cubierta de neblina.


Y ha sido un buen momento, encontrar estas últimas dos mañanas, en Mexicali, cubiertas con una neblina bastante efímera, pero neblina al fin.

Es la neblina una de esas cicatrices que llevo en el alma, una de esas heridas de la niñez.

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