El niño Joaquín y el secreto de Dios



Joaquín era un niño diferente.

Jugaba como los demás, corría, se dormía cansado y comía muchos dulces. Pero era diferente. Veía cosas que los demás no veían.

Decía por ejemplo, que los ríos eran venas, las venas del cuerpo de un gigante poderoso llamado Tierra, que las mariposas eran pequeñas navecitas de felicidad, que los sueños eran cuentos que la mente nos contaba para que no nos aburriéramos, y así, veía todas las cosas de forma diferente.

Su madre, una buena señora, lo escuchaba y ponía atención a sus historias, y aunque a veces se preocupaba, le habían dicho que pronto se le pasaría.

Sin embargo, había algo que llamaba poderosamente su atención. Las palmeras. Siempre había sospechado que eran algo especial, pero no sabía qué era. Las contemplaba todo el día, cada vez que podía.

Pensaba que eran algo más que árboles de playa o que dan cocos.

Y todas las veces que las había contemplado no había notado nada distinto de lo que se sabía de ellas, no obstante, su instinto le decía que había algo más.

Después de muchos días de pensar se dio cuenta, que tal vez lo que hacía especiales a las palmeras pasaba de noche. Sí, pensó, así que ocurre en las noches. Y decidió investigar.

Sus sospechas eran que la forma de una palmera le recordaba algo, pero no sabía qué.

Un día de navidad, su madre y él habían ido a la casa de sus abuelos. Llegaron y su abuela les dijo que el abuelo estaba en su taller, pintando. El niño corrió a buscar a su abuelo y apenas entró y vio al viejo trazando unas pinceladas en el lienzo, entonces lo entendió.

- Ya sé que para que sirven las palmeras. Le dijo al abuelo.

El abuelo lo veía gritar y saltar de gusto, pero no entendía.

-¿Qué es lo que ya sabes?

- Las palmeras, abuelo. Son pinceles, dijo Joaquín.

El abuelo habló con seriedad:

- Pero niño, ¿de dónde sacas todas estas ideas? ¿Poqué dices que son pinceles?

- Fácil, ¿no te das cuenta que si tomaras a una palmera y la pones hacia abajo, sus ramas son como los pelos de un pincel? Y Dios debe usarlas para algo, por ejemplo, sí, sí, claro, como no se me había ocurrido, por eso las usa en la noche. Con ellas pinta los amaneceres.

A estas alturas el abuelo ya había ido por la abuela y por su madre. Les dijo:

- Joaquín se ha vuelto loco, su imaginación ha rebasado los límites de la cordura.

Esa noche, no hubo cena de navidad para la familia de Joaquín. Lo llevaron al hospital y se quedó en observación. Los doctores no lo entendieron. Le dijeron a su madre que no veían nada anormal, que él realmente creía lo que decía aunque fueran locuras.

Le dijeron que había tratamientos, que no se preocupara, que su hijo sanaría. Joaquín estaba sedado para calmarlo de su euforia por ver a las palmeras de madrugada y ser testigo de cómo Dios pintaba el amanecer.

Por la mañana, su madre despertó y vio a Joaquín. El niño yacía con una expresión de paz, pero no respiraba.

Dios se lo había llevado. Joaquín había sido una prueba para los adultos, para que pusieran a prueba su lógica, su incapacidad de no atreverse a pensar de otras maneras, dando la oportunidad a la locura, a la belleza, a la alegría.

Esa mañana, por cierto, había unos tonos anaranjados en el horizonte y un intenso azul, y nadie reparó que en el jardín del hospital, de una palmera, caían unas gotas de pintura naranja.






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