Dos ancianos, un concierto y un cocodrilo

Vivimos en un mundo en el que nos encanta que las cosas ocurran de cierto modo, en el momento que nosotros queremos.

Nos encanta no sólo esperar que las cosas pasen como deseamos, sino que en el extremo de la impertinencia, buscamos que en la vida de los demás las cosas ocurran como nosotros queremos.

No damos pie a la libertad de los otros, a la sorpresa del azar, a los accidentes inesperados, no necesariamente desafortunados muchas veces.

Escribimos un guión para nosotros y para los demás y esperamos que todos los actores se apeguen al papel.

No obstante, siempre hay algunos que se oponen a seguir las reglas, los patrones que han trazado los demás.

Hoy he leido que en Alemania un par de ancianos, residentes en un asilo, se escaparon para asistir, según la nota, al festival de Heavy Metal más grande del mundo, el Wacken Open Air. La nota dice que después de que se dio la voz de alarma en el asilo, la policía los encontró en el festival, y aunque se resistieron, al final, volvieron al asilo.


Ver nota. 

(Hoy, un día después de publicar este post, leo otra nota donde se desmiente que dos ancianos, que ni eran tan ancianos, se hayan fugado del asilo para ir al concierto. No obstante, ojalá hubiera ocurrido).

Qué sensación de libertad, de romper los moldes porque la vida ocurra, porque el júbilo se desborde, y al mismo tiempo impotencia por ver a tantas personas incapaces de darse un espacio para el gozo y la alegría.

Y luego, leo que un viajero, en su trance por el Amazonas, observó a un cocodrilo adornado con mariposas, lo cual resulta ser un caso bastante común pues el agua en la piel del reptil, incluyendo las lágrimas, sirven de alimento para esos bellos insectos.

Ver nota.

Quizá notas como las de estos ancianos y su escapada al concierto, haya sido verdad o no, son un alimento a la esperanza, a la posibilidad de lo inesperado o políticamente correcto, como las lágrimas de un cocodrilo.









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