Caminar al lado de una mujer

En estos tiempos donde se habla y se pugna por la igualdad entre hombres y mujeres,
en estos tiempos donde en México, particularmente, los feminicidios y las agresiones a las mujeres son cosa de todos los días y en todo el país,
en estos tiempos en los que el machismo sigue como un quiste no erradicado y la cosificación de la mujer siguen siendo parte de la cultura respirada y aprendida desde la familia y pasando por la escuela,
llegamos otra vez a esta fecha, donde las instituciones, "generosamente" le dan el día a las trabajadoras, se les celebra con comidas, regalos, etc., pero sigue habiendo un vacío en el respeto y la consideración, en la estima y el cuidado que se debe dar a la mujer, dejando a un lado los casos particulares y si lo merecen o si ellas desean ese cuidado o no. Muchas veces, esto último es el argumento del machismo para excusarse del maltrato hacia la mujer.

El respeto hacia el prójimo, el respeto a la mujer es algo que se aprende por observación, por el ejemplo que uno ve en otros. O por otros varones, o por las mismas instrucciones que en ocasiones una mujer proporciona.

Hace varios años, en otra ciudad y con otras creencias, conocí a una muchacha en un grupo católico. De cara redonda y ojos semirasgados, morena, digamos que de rasgos indígenas, y digo esto sin atisbo alguno de querer discriminar, sino más bien, para subrayar que era una de las características que la hacían especial. De carácter muy agradable, podía ser tan dulce como enérgica según las circunstancias. Era parte del coro en el grupo, y eso era porque cantaba muy bien.

Como ella vivía en un punto intermedio entre el lugar de las reuniones y donde yo vivía, muchas veces la acompañaba a su casa pues me quedaba de camino.

Ella me enseñó varias cosas en el trato con las mujeres. Me enseñó que por más compromisos que pudiera tener un chamaco de 17 años, si una muchacha te invitaba a comer unas empanadas que ella había hecho, nunca se le puede decir que no. Me enseñó que hacer reír a una mujer y escuchar sus carcajadas, es de los mejores momentos que puede vivir un hombre. Pero algo que recuerdo también, que ella me enseñó es que un hombre debe procurar seguridad a una mujer (por supuesto, en estos tiempos algunas piensan que no necesitan seguridad de un hombre, y eso es respetable), y una de las formas de mostrar eso, era que cuando uno camina con una mujer, a ella siempre se le ceda el lugar interno en la acera.

Fueron pequeños detalles, pero los adopté desde entonces al tratar con cualquier mujer.

Se llamaba Filiberta. Le decíamos Fili.

La última vez que supe de ella, era que vivía en Alemania.

Seguro que esté donde esté, sigue dejando huella en las vidas de quienes la conocen.




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