Ella aprendió a leer, él aprendió a vivir.


Hace poco veía una entrevista de un periodista a una periodsta, donde la entrevistada decía que una de las historias que había conocido y que más le habían llamado la atención fue la de un hombre y una mujer que estaban presos en cárceles distintas, por supuesto, y se conocen a través de una mujer que él conocía.

La periodista cuenta que ella no sabía escribir ni leer, así que por un tiempo la amiga le leía y le respondía las cartas que el hombre le escribía.

La periodista, al final, describe la historia de una relación donde ella aprendió a escribir y él aprendió a vivir.

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Si te hubieras dado cuenta que yo aprendí a vivir por ti,
que me hacías olvidar el encierro en el que vivo, 
cada que escribía una carta para ti o leía lo que tú escribías.

Quizá, como prueba de amor, esperabas que te gritara,
que te rogara que te quedaras.

Si no lo oiste cuando yo te miraba, o a pesar de que lo oiste,
preferiste irte, nada había que hacer.

Lo cierto es que la vida, para algunos,
puede ser de 20, 50 o 80 años.
Para otros, la vida puede ser de unos meses.

Y para otros, de minutos.










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