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El Sr. Lara y una coca cola.

Cuento.

Onésimo Lara era un estudiante de la escuela secundaria. Recién había cumplido 14 años. Era delgado y no era alto ni bajo, un alumno que no destacaba en nada, digamos un estudiante x, tirando a mediocre, según los estándares comunes de las escuelas. Lo cierto es que a Onésimo no le hubiera preocupado nada de lo que dijeran los otros, él vivía bien en su mundo, no pretendía ser como los demás y esperaba que los demás lo dejaran en paz, así como él no se metía con ellos. No obstante, el punto de quiebre vino cuando al inicio del curso escolar, en la clase de actividad deportiva, hicieron equipos para jugar beisbol y en el desempeño del juego, las cosas no le fueron bien. En esa ocasión no pasó a mayores, porque a pesar de los errores que cometió, su equipo ganó. Pero la siguiente semana, al formar equipos de futbol, volvió a fallar al tener la pelota, lo que costó un gol de los cuatro que recibió su equipo. Y lo increparon al final diciéndole que como se dejó quitar el balón y que porqué no le metió la pierna al que anotó el último gol, que si era marica o qué.

Al final de la cuarta semana, sus compañeros sabían que los deportes en conjunto no eran el fuerte de Onésimo y las burlas ya eran una constante. A tal grado que incluso, observó que algunas de sus compañeras también se unían a las burlas.

En los momentos de soledad, Onésimo comenzó a tener conflictos, serias dudas acerca de su persona. No dejaba de escuchar los motes que sus compañeros usaban refiriéndose a su sexualidad.

Y la soledad se hizo más intensa cuando viviendo entre adultos, no podía sacar eso que le aturdía, y las dudas lo llevaron a angustiarse.

Por esos días, ya casi cumpliéndose el segundo mes del curso, cambiaron al maestro de matemáticas, debido a un permiso por enfermedad del maestro titular. Estuvieron tres días sin clases, del miércoles al viernes, y el lunes se presentó el nuevo profesor. Era el profesor Diógenes Rivas, tenía 40 años, pero aparentaba 50 o más. Parecía del montón, pero había unos pocos de estudiantes que luego de un tiempo percibieron que no era así.


Era distinto, pero era también bastante común a los demás.

Como todos, el profesor tenía ciertas adicciones, y una de ellas era la coca cola. Al menos se bebía dos en el transcurso de la mañana. Había ocasiones en que se le antojaba a mitad de la clase, y mientras el grupo hacía alguna actividad, le pedía a algún estudiante que fuera a la cafetería a comprarle una coca cola, a veces él iba por ella, pero en ocasiones, solicitaba ese favor. Y si pedía el favor, no se lo pedía a alguno de esos estudiantes que buscaban cualquier pretexto para salir del aula. Tampoco a los más listos o a los que veía con más rezago. Buscaba a alguien del promedio, que sin que fuera participativo o avanzado, tampoco fuera de los que requerían más atención. A veces también elegía a aquellos estudiantes que eran objeto de bullying, pensaba que eso debía hacerles sentir importantes, al menos por un rato, hacerles sentir que no eran un cero a la izquierda. Y ya se había dado cuenta de que Onésimo era objeto de bullying.

Así que una mañana, a mitad del tercer mes de clase, ya que había dado instrucciones, alzó la voz y dijo:

- Señor Lara.

Rara vez este profesor se refería a los alumnos por su nombre, usaba más bien el apellido anteponiendo el "señor" o "señorita".

- Sr. Lara, le pido un favor, vaya a la cafetería y compre una coca cola, y que sea de lata.

Onésimo escuchó su apellido y por un instante no se movió, como si ese nombre no fuera el suyo, pero reaccionó, se puso de pie y se acercó. El profesor le dio un billete de 20 pesos y el muchacho salió con paso apresurado.

Mientras iba a la cafetería, en su cabeza iban resonando dos palabras:
Señor Lara, Señor Lara...

Volvió con la soda a los pocos minutos, se la dio al profesor Rivas junto con el cambio, y sólo escuchó:

- Gracias Sr. Lara, siga trabajando.

Con el paso de los días, poco a poco, los estudiantes se fueron acostumbrando a ser llamados así por el profesor: Sr. haga esto, Srita. pase al pizarrón, Sr. Gómez, lea por favor, etc.

No se sabe si ocurrió el mismo efecto en todos los estudiantes, pero las veces que ese profesor se dirigió a Onésimo llamándolo Sr. Lara, las cuales habrán sido 5 o seis durante el resto del curso, fueron suficientes para que este muchacho comenzara a imaginarse cómo tendría que ser un señor, a quién se le llamaba señor. Se acordó de su abuelo Nabor, sus lentes su bastón y sus pocas palabras y una presencia de completa serenidad. Se acordó de Don Luis, el peluquero, que sabía de política lo mismo que de Neruda y Cortázar, que sabía escuchar y también sabía argumentar en las conversaciones que entablaba con sus clientes. Y también se acordó del Sr. Reyes, el vecino que vivía en el departamento 408, al lado del suyo, de quien se decía que era un mujeriego y que no se le iban vivas las mujeres del edificio y de la cuadra. Onésimo nunca tuvo información suficiente para confirmar esa fama, pero recordaba que siempre saludaba amablemente a su madre, a su abuelo o a él, y así era con los demás, aunque si, quizá ponía un poco más de atención al saludar a las mujeres. Y por supuesto, también comenzó a observar la forma en que actuaba el profesor Rivas. Se dio cuenta que no solía gritar como hacían los demas maestros, que preguntaba y escuchaba a los alumnos, aclaraba dudas, lograba el respeto de los alumnos y buscaba que hubiera respeto entre ellos. Onésimo no se dio cuenta en qué momento, al menos en esa clase, sus compañeros dejaron de agredirlo.

Tampoco se dio cuenta en qué momento su conflicto existencial, su conflicto de identidad, se fue aclarando, a medida que la imagen de esos personajes que estaban cerca de él, empezaron a fusionarse en una sola imagen, la de un señor, imagen que Onésimo comenzó a asumir. Comenzó a serenarse y preocuparse menos por lo que decían los demás. No se le olvidó la primera vez que intercambiaron puntos de vista con Don Luis, el peluquero, acerca de los cuentos de Cortázar ni tampoco se le olvidaría la primera vez que saludó con un Buenos días, nítido y mirando a los ojos. a la profesora Lucinda, la maś linda de la escuela, y no olvidaría nunca la sonrisa de esa profesora y su Buenos días Onésimo.

De las clases de matemáticas con el profesor Rivas, honestamente no recordaba mucho de matemáticas, aunque logró un digno ocho que no le costó trabajo. Lo que sí recuerda es que una vez escuchando a su abuelo contar historias de su pueblo, fue su madre la que le hizo ver que antes no sabía escuchar y no sólo eso, sino que ahora también se había hecho más conversador.

El último día de clases, no pudo ir por enfermarse del estómago. Ese día pensaba agradecerle al profesor Rivas por lo que había logrado, por haberlo ayudado. Ya no lo vio. Al siguiente día se enteró que en un asalto en un oxxo, intentando que no agredieran a una mujer, el asaltante le había disparado y había muerto. Fue un escándalo en la ciudad y una tristeza en la escuela. Pasados los días, Onésimo se prometió que desde ese momento todo favor que recibiera lo agradecería de inmediato. Pensó que sería una forma activa de recordar siempre al profesor Rivas.



En todo eso pensaba Onésimo, cuando escuchó una voz:

- Licenciado, licenciado, lo están esperando en la junta.
Era la Srita. Julieta, su secretaria. Él le respondió.

- Gracias Julieta. Ahora mismo voy. Sólo quiero pedirte un favor. Desde ahora olvídate de mi título, olvídate de la palabra "licenciado". De ahora en adelante, llámame señor, Señor Lara. Nada más. Hace unos minutos recordaba mi adolescencia y ahora entiendo que mi título no sería tal si no es porque hubo un profesor que me llamó Sr. Lara, yo creí en esas palabras, y eso me cambió la vida.

- Como usted diga Licenciado, respondió Julieta.
Perdón, quiero decir, Sr. Lara.

Onésimo, sonrió, se levantó de su sillón, y caminando hacia la puerta de su oficina le dijo:

- Gracias, y no se te olvide llevarme una coca cola en 10 minutos.
 Y el Sr. Lara se alejó.

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