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Entre el odio y la utopía





Crecí en una familia, entre amigos, donde siempre se habló de utopías, donde siempre se habló de apuntarle a la Luna, de creer en un dios misericordioso, de construir un país justo, de vivir honradamente, de amar, de "venir a entregar el corazón, de querer cambiar esta nuestra casa, de cambiarla por cambiar nomás", como canta Fito Páez.

Hace poco me preguntaron si odio.

Creo que como humano promedio, no me faltan razones para odiar, para maldecir...

Pero el odio no cabe en la utopía.

Y para qué he de pensar en vivir de otra forma. No sé vivir de otra manera.

La lucha diaria me va dejando raspones, dolores aquí y allá. Las actitudes y las acciones de los realistas, de los respetuosos de las leyes, son como flechas que a veces uno esquiva, y otras no. Cada día se muere un poco. Pero aún camino, aún estoy de pie, aún creo en la utopía.

No sé vivir de otra manera, amén de que, vivir con los pies en la tierra, parece tan sin chiste, tan sin gracia, tan sin emoción.

Estoy en paz por la vida que he vivido.

Y estoy agradecido por haber sido educado en la utopía, vivir para la utopía, y educar para la utopía.

Hoy como nunca, al mundo le hace falta la utopía, le hace falta la locura, no la del facismo o del odio,
hablo de la locura de creer en las personas, de amar sin los estándares de los creyentes de las buenas costumbres.

La locura de Dalí, del Ché Guevara, de Gandhi, de Mandela, de Picasso, del Tío Julio, la locura de mi abuela, la locura de esas mujeres trasgresoras que he amado y que por un momento se olvidaron del mundo en que vivían.

No sé vivir de otra manera. Tal vez por eso sigo vivo.

Tal vez uno se muere, cuando deja de perseguir una utopía.

Mientras tanto:

"Todavía cantamos,
todavía pedimos,
todavía soñamos
todavía esperamos"
Víctor Heredia

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