En tiempos ancestrales, hace mucho tiempo, antes que las naciones “gigantes” tomaran al Poder como un dios y olvidaran el respeto a la naturaleza y a los demás, vivió una nación pequeña en estatura, y grande en sabiduría, para quienes una gota de agua les rendía una semana, una pizca de polen los alimentaba un día. El tiempo para ellos era tan grande que un segundo lo partían en 100 y por tanto un día era para ellos como un mes. Al no necesitar pues, pelear por el agua o la comida, vivían del placer, escuchar el canto de los grillos y las caracolas, caminar por los eternos bosques de setas. No había religiones, no había leyes, no había normas de conducta pues no era necesario enseñar lo que es correcto. No tenían bandera, no tenían himno, no tenían ejército. Fue una nación que no conoció el odio, la intolerancia, la mentira. Se guiaban por su instinto... ...y su instinto era el respeto a los demás y a lo demás.
La niña siempre decía que cuando soñaba tenía el poder de controlar a grandes monstruos cuando les leía. Y por eso nunca tenía pesadillas. Los padres la oían pero no la escuchaban. Una noche, la madre oyó gritos de la niña. Llegó corriendo pero la niña yacía sin vida, y con un gesto de gran espanto en su rostro. El padre había vendido los libros de la niña esa mañana porque tenía deudas que pagar. Imagen tomada de Pinterest